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	<title>En la boca del lobo &#187; Cuadernos de Kabul</title>
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	<description>El blog de Ramón Lobo</description>
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		<title>Este librito tiene buen pinta</title>
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		<pubDate>Wed, 12 May 2010 23:07:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Acaba de salir un libro a la venta que me suena un poco: <strong><a title="libros" href="http://www.sellorba.com/cuadernos-de-kabul_ramon-lobo_libro-ONFI358-es.html" target="_blank"><em>Cuadernos de Kabul</em> </a></strong>(RBA). Son 35 textos publicados en la web de <em>El País</em> en agosto y noviembre de 2009, cuando estuve en la capital afgana para cubrir las (fallidas) elecciones presidenciales. Ahora aparecen en papel bastante mejorados, corregidos y ampliados. Aquello que nació digital huele por primera vez a letra impresa. El camino inverso al habitual y la demostración de que las <strong><a href="http://www.editorsweblog.org/web_20/2009/09/live_from_kabul_el_pais_blogger_in_afgha.php" target="_blank">tecnologías son útiles </a></strong>para hacer periodismo; lo importante es el contenido no el formato.</p>
<p>Se trata de un amplio recorrido por una geografía humana de Afganistán que no suele salir en los medios de comunicación. Salvo Ramazan Bashardost, el candidato hazara que quedó tercero en los comicios y que me pareció un tipo normal que decía cosas muy inteligentes, en estos <em>Cuadernos</em> no hay políticos ni militares; tampoco señores de la guerra y narcotraficantes. He preferido dar voz a los protagonistas, a las víctimas, a los civiles que tratan de sobrevivir en medio de la pobreza, la injusticia y la guerra. Tampoco suenan en estas páginas disparos ni se escuchan bombas (quizá alguna, pero poco). No es un espacio para combates sino para sus consecuencias, para la gente que escucha y habla, que narra sus historias, para personas que tienen y dan esperanza como <a title="afganistán" href="http://www.icrc.org/Web/spa/sitespa0.nsf/iwpList402/79CB172628D498A2C1256E150055C183" target="_blank"><strong>Alberto Cairo</strong></a>.</p>
<p>Todos juntos no explican Afganistán, pero permiten llegar a su aroma y quizá a través de él entender cómo se vive en una situación tan dura.</p>
<p><strong><a title="libros" href="http://www.alohacriticon.com/viajeliterario/article1179.html" target="_blank">Chesterton</a></strong>, ese genio británico, decía que a un escritor vivo hay que comprarle sus libros y al muerto, leerselos. Que yo sepa aún pertenezco al primer grupo exagerando mucho lo de escritor pero siento mucha envidia de los segundos porque todos escribimos para que nos lean.</p>
<p><a href="http://www.ramonlobo.com/wp-content/uploads/2010/05/foto-6.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-18381" title="foto-6" src="http://www.ramonlobo.com/wp-content/uploads/2010/05/foto-6-225x300.jpg" alt="" width="225" height="300" /></a></p>
<p>No vamos a hacer presentación formal. No habrá canapés ni boato. Hay dos hechos incontestables: la <strong><a title="economía" href="http://www.elpais.com/articulo/espana/nuevas/medidas/Gobierno/quiere/ahorrar/15000/millones/elpepuesp/20100512elpepunac_5/Tes" target="_blank">crisis económica</a></strong> y que esas presentaciones no sirven de mucho -sólo van amigos que ya se lo van a comprar-, y menos aún para los que vendemos poco. Quedan pues estos <em>Cuadernos</em>, como tantos otros libros, a expensas del boca oreja (o del boca en boca, que también se puede decir) para repetir edición y quizá cuadernos en otro lugar. Estoy seguro de que los amigos me darán un empujón, al menos para arrancar esa cadena.</p>
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		<title>Cuadernos de Kabul: jugar al fútbol sin burka</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Nov 2009 00:32:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La esperanza en lugares tan castigados como Afganistán se alimenta de gestos, de detalles aparentemente nimios que para nuestro mundo componen lo ordinario y en el suyo resultan apariciones de lo extraordinario. Tres veces por semana, un grupo de jóvenes afganas se viste de corto, eso sí, con las piernas bien tapadas, y entrenan a las órdenes de Mohamed Yasin en un patatal llamado con exageración campo de fútbol en el cuartel general de la Fuerza Internacional de Asistencia y Seguridad (ISAF), encabezada por la OTAN. Son la selección nacional femenina de un país que carece de costumbre de Estado y en el que la tradición, y a veces la ley, encierran a la mujer bajo un burka. Han jugado en el extranjero: Pakistán (quedaron  segundas en una liguilla), Jordania y Alemania y están a la última de las noticias relacionadas con su deporte favorito.</p>
<p>Palwasa tiene 20 años y es defensa central. Se mueve con autoridad entre tanto bache y se incorpora con frecuencia al ataque. Anticipa muy bien las jugadas y tiene buen toque de balón. Dice que su jugador favorito es Kaká. No ha oído hablar de la película <em>Quiero ser como Beckham</em> (<em>Bend it like Beckham</em>) porque nunca va al cine. Cada día acude a la escuela y debe pelearse con su familia que no le gusta que juegue al fútbol. “Mi madre me defiende, pero mi padre no está nada contento. Tiene miedo de que me vean los vecinos y murmuren”.</p>
<p>El entrador Yasim cuenta que en los partidos jugados en Alemania, un periódico local publicó una fotografía de una de las chicas con las piernas descubiertas. “El hermano vio la foto en Internet y le ha prohibido volver a jugar al fútbol”.</p>
<p>Khanda tiene también 20 años y hoy ha jugado de portero en el partidillo que sigue a la charla y a los estiramientos. Ha encajado cuatro goles. “Yo soy defensa, pero como estoy saliendo de una lesión me han puesto de portero”, se excusa. “En mi casa tampoco les gusta que juegue al futbol. Si mi padre me lo prohibiera tendría que dejarlo. Me gusta jugar y me gusta Cristiano Ronaldo. Me gusta el Real Madrid y el Barcelona”.</p>
<p>Algunas no quieren hablar después del entrenamiento. Lo suyo no es pose de estrellas con los pendientes preñados de diamantes que se encaminan al coche de lujo, lo suyo es miedo, miedo a que se sepan sus nombres, a que la publicidad las retire del fútbol, o de la mínima cuota de libertad de la que disfrutan. Se dirigen al vestuario entre risas, comentan jugadas y se gastan bromas. Cierran la puerta y al cabo de un tiempo salen de él unas mujeres diferentes, el verdadero Afganistán. Cada atuendo delata un tipo de familia. Las hay más conservadoras con un chador hasta los pies y un hiyab prendido con alfileres que no dejar escapar un cabello; otras, muestran el carmín de sus labios y un pañuelo que cubre una parte de la cabeza. Para ellas el fútbol debe ser terapéutico, es como desenmascararse al menos tres veces por semana.</p>
<p>Las jugadoras reconocen que a veces entre el publico hay hombres les gritan frases sucias y desagradables. No acuden al campo para ver un balón sino las formas femeninas que condenan en casa y obligan a tapar en una cultura de doble moral. En el avión de salida de Kabul que vuela hacia Francfort algunas de las mujeres que se subieron envueltas en velos y murallas, se deshacen de ellos como si su vida fuera la de un camaleón que lucha por sobrevivir. El disfraz en Afganistán sirve para lo mismo que la ausencia de él en Occidente: para lo llamar la atención en unas sociedades, la suya y la nuestra, que pese al progreso evidente, siguen regidas por códigos de propiedad, mía o de nadie. Ese machismo surge de la guerra, del poder, de la impunidad. El gran cambio está en los detalles, en una balón que rueda o en cada uno de los personajes que poblaron estos cuadernos. Ellos son el mundo que merece la pena ser liberado.</p>
<p>Último <a title="afganistán" href="http://www.elpais.com/articulo/internacional/Jugar/futbol/burka/elpepuint/20091117elpepuint_2/Tes" target="_blank">Cuaderno de Kabul</a> publicado en la <em>web</em> de <em>El País</em></p>
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		<title>Cuadernos de Kabul: el futuro está en la frontera</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Nov 2009 01:43:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando Roohulá abre los ojos cada mañana ve un futuro negro. Está enamorado de una joven del barrio a la que su familia niega en matrimonio por el qué dirán. “Han rechazo dos veces la propuesta de mis padres. Creen que si aceptan todos pensarán que nos casamos para tapar alguna relación indigna. Le he regalado un teléfono móvil para poder hablar por la noche. Tengo 25 años y jamás he tocado a una mujer. Espero casarme algún día, tener hijos y ser un buen musulmán”.</p>
<p>Roohulá es pastun aunque tiene ojos de hazara. En Afganistán, como en España, tierras de paso y conquista, el mito de la pureza de la raza choca con la genética y la realidad. Habla un perfecto inglés aprendido en los campos de refugiados en Pakistán durante el gobierno de los talibán. Quiere estudiar empresariales y su obsesión es viajar a Canadá donde cree que podrá conseguir un master y lograr un buen trabajo con el que ayudar a su familia. Tiene ahorrado cuatro mil dólares y calcula que necesitará otros ocho mil para cumplir su sueño. Nunca se ha planteado fugarse junto a su novia prohibida. “Imposible. Mi familia tiene un honor, una reputación. Mancharía el nombre de mi padre y el nombre es lo único que tiene. Pero quiero salir de Afganistán. Este país me está robando mi futuro”.</p>
<p>Su amigo Zaten, compañero de barrio, cruzó en 1997 una decena de países durante seis meses para huir de los talibán. Acabó en Londres donde logró el estatuto de refugiado político. “Vivía en un piso con varios amigos. Esos años trabajé de taxista. No tuve problemas para aprenderme las calles ni para conducir por la izquierda. Londres es más fácil que Kabul”. Cuando cayó el régimen talibán a finales de 2001, Zaten recibió una misiva del Gobierno británico en el que le informaba de que su país había sido liberado y que las tropas del Reino Unido le garantizaban su seguridad. Tuvo que presentarse en una comisaría y de ella fue metido en un avión en dirección a Kabul.</p>
<p>Mientras que Roohulá  sueña con Occidente, Zaten no oculta una cierta decepción con ese mundo exterior que le cerró sus puertas. Ahora conduce un todoterreno y ejerce de guía de extranjeros. No estudia ni tiene planes más allá de casarse algún día con su novia de siempre. Su padre habla alemán y acaba de dejar el empleo de interprete con las tropas alemanas en Kunduz. “Poco dinero, mucho riesgo”, dice Zaten. “Los americanos me han propuesto varias veces que trabaje con ellos. Pagan unos dos mil dólares al mes, pero mi problema no es el dinero, mi problema es que no quiero que me maten”.</p>
<p>La vida de jóvenes como ellos en Kabul es un deambular, más que un avanzar. Sin cine, posibilidades de salir con chicas, teatro, librerías… Su ocio se limita a comprar música pirateada y esperar un milagro que no llega. La televisión por satélite es la nueva ventana. Desde ella se ve el mundo prohibido, el Canadá de Roohulá, los parques y los árboles frondosos. Cada una de esas imágenes es un golpe, un recordatorio de su pobreza y limitaciones. Uno toma conciencia de sí mismo en contraposición de los demás. En lugar de enviar progreso a Afganistán, enviamos tropas y armas, lo único que les sobra.</p>
<p>&#8220;Un día reuniré el dinero, conseguiré un visado y podré viajar a Canadá. Allí tengo un amigo que me dice que la vida es muy buena. Necesito mejorar mi educación y si mi país alcanza la paz algún día, regresaré, pero no quiero quedarme toda la vida aquí esperando a algo que no llega&#8221;, dice Roohulá. Su amigo le escucha con una medio sonrisa ladeada en los labios, no se sabe si por amargura o envidia. Zaten escucha y no dice nada, no le desanima. Sólo le habla de las miles de chicas que podrá conocer en Canadá. &#8220;Alá el misericordioso&#8221;, responde Roohulá, un tipo religioso que no para de hablar de Dios y de mujeres. Acaba de pasar con la mejor nota un curso de banca pero se quedó sin el puesto de trabajo. Fue para el hijo de alguien importante. Ha sido la puntilla para él. Ahora sólo necesita ocho mil dólares y una pizca de suerte, que animo de aventura le sobra. Canadá le espera.</p>
<p>Publicado en <a title="afgansitán" href="http://www.elpais.com/articulo/internacional/futuro/frontera/elpepuint/20091116elpepuint_2/Tes" target="_blank">Cuadernos de Kabul</a>, publicado en la <em>web</em> de <em>El País</em>.</p>
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		<title>Cuadernos de Kabul: el oficio de no pensar</title>
		<link>http://www.ramonlobo.com/2009/11/15/cuadernos-de-kabul-el-oficio-de-no-pensar/</link>
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		<pubDate>Sun, 15 Nov 2009 06:43:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Existe un triángulo entre Afganistán, Pakistán y Cachemira del que los medios de comunicación escribimos y hablamos mucho. La imagen que proyecta tanta información es la de unos territorios habitados por gentes que dedican una parte considerable de su tiempo a hacerse la guerra en nombre de dios o del diablo. Pero como en todo, detrás de lo llamativo a menudo está lo esencial, lo cotidiano: gente feliz que hace el amor, ríe y llora, cultiva campos, pastorea animales y fabrica y vende pasminas y pañuelos de seda maravillosos. No es una felicidad como la nuestra edificada sobre un muro defensivo, o una alambrada, con tres comidas diarias, ducha caliente, agua potable, programas basura y el maldito sobrepeso. No; la de ellos es diferente porque su vida es otra: deslomarse de sol a sol sin pensar, que hacerlo en exceso conduce al fanatismo.</p>
<p>Mohamed Munir es afgano y no tiene siquiera tiempo para ponerse triste, que la melancolía es cosa de primermundistas. Sentado ante el telar mueve los pies y las manos como un pianista, pero no salen notas, solo se mezclan los colores. Aprendió a fabricar pañuelos en Mazar-i-Sharif, al norte. Allí huyó con su familia tras la llegada de los talibán. Cumplió los 18 años hace poco y lleva siete fabricando  pañuelos excelsos que después su tío Farid coloca en la zona noble de la tienda, a la que lleva los escasos turistas como si los condujera a un templo secreto de la belleza. A falta de viajes organizados y vuelos <em>low cost</em>, el complejo papel de turistas lo representan en Afganistán los reporteros, diplomáticos y funcionarios de la ONU.</p>
<p>Farid, que del arte de regatear sabe más que de hilos, saca bastantes dólares por cada pañuelo fabricado por Munir y muchos más por las pasminas y cachemiras traídas del reino de los talibanes y la guerra. A mayor peligro en el transporte, más cara la mercancía; a más precio, mayor el capricho del comprador.</p>
<p>En el piso donde Munir fabrica jugando con los pies y las manos una media de un pañuelo y medio al día trabaja también su sobrino Abdul Majid, de 14 años. Es el encargado de preparar los tambores con los hilos tintados. Sentado en un cojín, Majid ríe cada pregunta pues entiende inglés. Va a la escuela como todos los niños afganos que aseguran ir a la escuela pese a estar trabajando como stajanovistas en horario de aprender. Ahora tiene excusa: cerraron los colegios y universidades por  miedo a la gripe A y a las manifestaciones contra el fraude.</p>
<p>En la tienda no hay descansos. Se trabaja siete días a la semana, de siete de la mañana a nueve de la noche. No existen los días libres, ni las vacaciones ni los diez minutos del bocadillo,  todas esas ventajas que se logran cuando el progreso transforma la explotación en un trabajo remunerado y con ciertos derechos. Cuando Munir termina no ve la televisión, apenas sale con los amigos. Sólo tiene ganas de dormir. Es la ventaja de tanto trabajo: no hay tiempo para gastar.</p>
<p>Continúa en <a title="afganistán" href="http://www.elpais.com/articulo/internacional/oficio/pensar/elpepuint/20091115elpepuint_2/Tes" target="_blank">Cuadernos de Kabul</a>, publicados en la <em>web</em> de <em>El País</em>.</p>
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		<title>Cuadernos de Kabul: a los talibanes no les gusta la música</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Nov 2009 05:04:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Al oído le cuesta a veces acostumbrarse a las músicas extranjeras, que la cultura universal no existe, es la nuestra que se vende en todos los mercados. Cuando el conductor pone en el radiocasete del coche canciones afganas o tayikas, que viene a ser casi lo mismo, uno tiene, aunque sea por un instante, una conexión íntima con los talibán, una corriente de simpatía, un comprender por qué una de sus primeras medidas cuando tomaron el poder en 1996 fue prohibir la música, la buena y la mala, que para el fanatismo no hay notas, sabores ni texturas.</p>
<p>En la calle llamada Chicken, aunque en ella los únicos pollos desnortados visibles son los extranjeros de compras, hay una tienda minúscula a la que se accede por una puerta estrechísima que casi obliga a entrar de lado. Vende <em>cedés</em> y <em>deuvedés</em> de música, series televisivas y películas sin importar si son de Hollywood o Bollywood, o de un estudio de andar por casa. Lo que les une no es la calidad ni la procedencia, sino que son más piratas que el <em>top</em> manta de la Puerta del Sol, Las Ramblas o Sierpes, que un país como Afganistán no hay espacio para florituras ni preocupaciones con el asunto del <em>copyright</em>.</p>
<p>Mohamed Salim atiende a los clientes que piden el último grito en música nacional, la serie <em>House</em> o filmes adecuados al presente afgano, <em>Alien versus Predator</em>, o sobre el pasado, <em>Alexander</em>, dedicada a Alejandro Magno, el único conquistador extranjero que sometió a las tribus de este complejo y bello país. El precio fue alto: un genocidio y unas tropas hartas de tanto matar. Un diplomático con muchos años de estancia en la zona añade una nota de humor a tanta tragedia: &#8220;Alejandro es la prueba de lo difícil que es Afganistán: entró como homosexual y salió casado&#8221;.</p>
<p>Salim rebusca en sus estantes de novedades y selecciona a Atef Aslam, un cantante que hace furor entre los jóvenes urbanos y que, por el atuendo y el peinado indescriptible, debe estar muy arriba en la lista de los futuros objetivos talibán.</p>
<p>No es bueno decirlo, pero la música más agradable que suena en la tienda es de origen indio. &#8220;Los <em>cedés</em> se venden a 40 afganis [casi un dólar] y los <em>deuvedés</em> a 60. Cada día vendo entre 150 y 200 copias. Abro a las ocho de la mañana y cierro a las nueve de la noche. No tengo días libres porque no me puedo permitir el riesgo de que mis clientes se vayan a la competencia&#8221;. Como la mayoría de los negocios familiares que pueblan Kabul, Salim no cobra dinero. Es la tienda de su hermano, quien a cambio de destajo le garantiza alimentación, cama y el calor del hogar.</p>
<p>Cuando se le pregunta dónde se copian los <em>cedés</em>, mira más allá de Chicken Street, incluso más allá de Afganistán, no por miedo a que sea delito la multiplicación de los panes y los peces, sino por que aquí sólo hay medios para las grandes corrupciones, los robos al por mayor y el tráfico de heroína. &#8220;Todos los <em>cedés</em> y <em>deuvedés</em> vienen de India, Malaisia, China y Pakistán&#8221;, dice. En realidad casi todo viene del vecino Pakistán, desde los tomates que saben a gloria, las pasminas, las bombas y la música robada.</p>
<p>Salim escoge a sus tres favoritos: Sita Qasimi, Mozda y Qhazal. Es el tipo de música que suena en todos restaurantes populares. Los hombres que abarrotan esos lugares en los que no hay sitio para mujeres, excepto para pedir limosna, devoran con la mano la comida, el excelso arroz kabulí, pasas y cordero, con la mirada clavada en los contorneos de las cantantes tayikas o de los coros indios, ombligo al aire.</p>
<p>En esos comedores donde el bullicio es constante, la música que odian los talibanes resulta menos chocante. Los comensales más que saberse las letras, memorizan cada centímetro cuadrado de los cuerpos prohibidos. Hombres que babean; hombres que obligan a sus esposas a esconderse en un burka y no salir de casa sin permiso. Con tanto movimiento de caderas y tanta cara varonil desencajada, no es de extrañar que los talibán arremetieran contra la música, no ya por extranjera o estridente, sino por ser obra del mismo diablo.</p>
<p>Publicado en <a title="afgansitán" href="http://www.elpais.com/articulo/internacional/talibanes/les/gusta/musica/elpepuint/20091114elpepuint_5/Tes" target="_blank">Cuadernos de Kabul</a>, publicados en la <em>web</em> de <em>El País</em>.</p>
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		<title>Cuadernos de Kabul: Zabur, el volador de cometas</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Nov 2009 05:41:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>uando Zabur mira al cielo no ve dioses ni princesas ni dragones ni sueños, sólo ve un vacío preñado de nubes y vientos en los que un buen volador de cometas sabrá jugar con la altitud y los cambios de dirección exactos para cortar las de los demás. &#8220;A veces tengo suerte y consigo derribar diez en un día. Otras no tengo tanta y me derriban a mí&#8221;, dice con los ojos muy abiertos, redondos, como si llevara el susto dentro del cuerpo. Zabur tiene 11 años y la mirada cansada, triste, casi de anciano, porque a veces con sólo ver desgracias se envejece. Sus ojeras, dos bolsas que se pliegan, delatan una vida de escasez, que cuando lo esencial no llega, el paso del tiempo es otro, deja huellas y cicatrices.</p>
<p>Zabur va al colegio. Le gusta aprender dari, la lengua nacional emparentada con el farsi de Irán. En un mundo de analfabetos como Afganistán, saber leer y escribir representa un salto social, pasar de la miseria a la pobreza, que diría Marx, Groucho Marx. Le apasiona el colegio porque aprende más cosas: &#8220;Me gusta mucho el inglés y el santo Corán&#8221;, asegura sin dejar escapar un sentimiento, un atisbo de sonrisa, escondido siempre detrás de su cometa azul llena de magulladuras. Cada herida, una tirita de celofán. &#8220;Esta cometa cuesta 15 afganis&#8221;, dice. Con un dólar se podrían comprar tres y guardar algo para caramelos. Es el único que tiene y sabe que no está para sobrevivir a muchas más derrotas en el cielo de Kabul.</p>
<p>Los talibán, que significa estudiantes de religión, la tomaron con las cometas. Las prohibieron al llegar al poder en 1996. Hacer volar una en el cielo era, al parecer, pecado, un desafío inadmisible a Dios, el único que puede ocupar el espacio celestial. También prohibieron la música, la televisión y el cine, incluso el cine sacro. Eran obligatorias las barbas en los hombres y el burka en las mujeres.</p>
<p>El periodista estadounidense David Rohde, que estuvo secuestrado siete meses y diez días por los talibán, cuenta en un libro recién publicado en Estados Unidos, que sus captores le pedían canciones pop occidentales y mientras que él tarareaba piezas demoníacas como <em>She loves You</em> de los Beatles, sus secuestradores hacían los coros. Quizá la distancia no sea tanta cuando se cae la máscara.</p>
<p>Cada cometa que vuela en Kabul, y son muchas estos días de finales de otoño en los que el invierno asoma en forma de nieves en las montañas, es un desafío, un grito de libertad. Los miles de niños Zabur que corren y gritan por las calles de esta ciudad, por los cementerios y las terrazas, son antídotos vivientes contra la intransigencia de los adultos, contra la guerra. Cada uno convertido en un émulo del escritor Jaled Hossein.</p>
<p>&#8220;Todo depende del nailon&#8221;, explica Zabur. &#8220;Si es bueno y sabes hacer volar la cometa cortarás muchas de las que están cerca de ti. Si el nailon no es bueno sólo conseguirás golpear a la otra cometa, nunca derribarla&#8221;. Uno bueno cuesta más que una cometa. Dependiendo del gusto y las manías del volador de cometas son necesarios mil o dos mil metros. &#8220;Cuando corto una, el otro niño no se enfada. No dice nada. Sólo recoge la suya y se va a casa. Cuando me cortan a mi tampoco me enfado. Sólo recojo mi cometa y voy a casa a pegarle celo en los rotos. Sólo juego los viernes que hay viento. En los demás días voy al colegio&#8221;.</p>
<p>El niño Zabur tarda en coger confianza en la conversación. Al principio se protegía con la cometa como si ésta fuese un escudo. Ahora, al final de la charla, como si ya no temiera una pregunta difícil, sonríe tímidamente. Sus ojos redondos con el susto dentro están colorados y lagrimean por el polvo. &#8220;No me pasa nada. Los tengo así de mirar tanto al cielo. Hoy he jugado tres horas seguidas&#8221;. Cuando el extranjero se va, Zabur mira en su mano el valor de tres cometas nuevas, o una sola con el mejor nailon que se pueda comparar en todo Kabul. Esta vez Zabur parece muy feliz.</p>
<p>Publicado en <a title="afganistán" href="http://www.elpais.com/articulo/internacional/volador/cometas/elpepuint/20091113elpepuint_4/Tes" target="_blank">Cuadernos de Kabul</a>, publicados en la <em>web</em> de <em>El País.</em></p>
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		<title>Cuadernos de Kabul: el cuidador del cementerio de los ingleses</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Nov 2009 03:14:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En un país donde la muerte anda suelta por las calles lista del destino en mano, los cementerios resultan un lugar apacible, seguro, llenos de vida a su manera. El llamado de los ingleses -con cierta exageración: también lo habitan quienes fueran alemanes, franceses y canadienses- es pequeño, coqueto, con más lapidas conmemorativas que difuntos. Está en el barrio de Qalai Mosa, al pie de un camposanto musulmán en el que ondean las banderas verdes del islam, como si desde el más allá se librara una guerra de símbolos con el más acá.</p>
<p>Rahimulá cumplió los 80 y es el vigilante de un cementerio que le dobla la edad y algo más, pues se inauguró hace 170 años. Cada día abre la cancela de la puerta de madera a las siete de la mañana y la cierra a las cinco de la tarde. “Limpio las tumbas, riego los árboles e impido que los niños entren a jugar. Llevo así 28 años. He perdido toda mi vida en este sitio”, dice. No cobra un sueldo ni tiene empleo alguno. La embajada inglesa manda de vez en cuando a un funcionario para que cambie las flores artificiales marchitas, que el tiempo puede con todo, y pague al hombre que les vigila la memoria 150 afganis, tres dólares. Es todo lo que recibe.</p>
<p>Enseña las tumbas sin prisa, balanceándose, como si hablara con cada muerto. Así es en África, un continente donde los difuntos no reposan inertes aguardando una resurrección, sino que viajan junto a los vivos, a quienes guían y consuelan. Hay países como Ruanda en el que los asesinados a machetazos durante el genocidio en la primavera de 1994 andan revueltos; otros, como Sierra Leona, los exterminados en la guerra civil parecen felices tras perdonar a sus deudores.</p>
<p>En este cementerio de los ingleses no hay muertos que caminan. Los occidentales somos así, nos morimos tan ignorantes como vivimos. En las lápidas están esculpidas fechas recientes y nombres de soldados y oficiales que perdieron la vida en esta guerra que es la continuación de todas las anteriores. Una placa reza: “A los soldados británicos muertos en las guerras afganas del siglo XIX y XX”. La imagen de tanto nombre permite abarcar lo que fue un imperio y explica los problemas que tiene hoy el primer ministro, Gordon Brown, para explicar lo inexplicable, porque a diferencia de otros, los ingleses saben que están en un país donde no se puede ganar ninguna guerra.</p>
<p>Rahimulá nunca se movió de Kabul. Ante sus ojos han pasado vivos y muertos, a menudo confundidos. &#8220;El rey fue el mejor gobernante y hubiera sido mejor aún si no le hubieran gustado tanto las mujeres&#8221;. Cinco de sus familiares, entre ellos dos hijos murieron en la guerra entre los talibán y los muyaidin. Es un tayiko del valle del Panchir que no oculta su admiración por Masud, el hombre que más problemas dio a los soviéticos durante la invasión.</p>
<p>El viejo cuidador se detiene ante una tumba cuidada en que se puede leer un nombre: Mark Aurel Stein, nacido en Budapest en 1862 y muerto en Kabul en 1943. &#8220;No sé quién es, pero muchos de los extranjeros que vienen por el cementerio se detienen aquí y parece que rezan&#8221;. Stein fue un arqueólogo al que se atribuye como gran éxito el descubrimiento de los budas de Mogao, en China.</p>
<p>Cerca de ahí cuelgan las placas de los alemanes, todos muertos en la provincia de Kunduz, donde están sus tropas. De ese lado, el cementerio que parecía coqueto en una primera vista se torna desolador, es como si todos fueran más producto de un abandono que de la rendición de honores. Muchos de esos nombres del cementerio de los ingleses siquiera tienen cadáver. En algún lugar de Inglaterra o Alemania hay cuerpos sin nombre, o con el nombre duplicado, porque el verdadero está aquí, en Kabul, al cuidado del viejo Rahimulá.</p>
<p>Publicado en <a title="afganistán" href="http://www.elpais.com/articulo/internacional/cuidador/cementerio/ingleses/elpepuint/20091112elpepuint_5/Tes" target="_blank">Cuadernos de Kabul</a>, publicados en la <em>web</em> de <em>El País</em>.</p>
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		<title>Cuadernos de Kabul: el frente huele a cinco estrellas</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Nov 2009 07:03:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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En el frente donde se pierden las guerras no suenan los disparos. Sólo se escucha el eco suave del descorchar de una botella de un buen vino, el sonido del teclado de un teléfono móvil mientras se escribe un SMS a la retaguardia y ese blablá monocorde que tienen las conversaciones insustanciales de los [...]]]></description>
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<p class="MsoNormal" style="margin: 0.15pt 0cm;">En el frente donde se pierden las guerras no suenan los disparos. Sólo se escucha el eco suave del descorchar de una botella de un buen vino, el sonido del teclado de un teléfono móvil mientras se escribe un SMS a la retaguardia y ese blablá monocorde que tienen las conversaciones insustanciales de los que todo lo saben. Expertos, diplomáticos, ministros, periodistas, espías, observadores, mercenarios (perdón: miembros de empresas privadas de seguridad) y buscones varios pululan por los conflictos protegidos por un aparataje de seguridad tan seguro que incluso les previene de ver la realidad<span>.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.15pt 0cm;">
<p class="MsoNormal" style="margin: 0.15pt 0cm;"><span> </span></p>
<p>Cada guerra tiene un oasis amurallado. En Afganistán se llama hotel Serena. Detrás de sus medidas de seguridad, muy notables desde el atentado talibán que en enero de 2008 mató a siete personas, se esconde un remanso que nada tiene que ver con el resto de Kabul. Incluso el aire que se respira en su jardín es más puro, como si polvo que envuelve a la capital afgana se detuviese en sus muros, erecto como el mar Rojo tras las órdenes de Moisés.</p>
<p>En el vestíbulo del Serena, luminoso por sus mármoles beige, ocre y blanco, no se pueden hacer fotos. Tampoco en la entrada repleta de mojones anti coche-bomba y expertos que lo registran todo. La mayoría de los empleados son ismaelíes, chiíes de la secta nazarí, que gobierna un Aga Khan desde 1818. El actual, llamado Kari al Husain, es el dueño del establecimiento.</p>
<p>Sentarse enfrente de la recepción permite observar la misma porción de la realidad que ve Bernard Kouchener, el ministro francés de Exteriores, que de tanto y venir por las moquetas del mundo debe pensar que todo el planeta es así de confortable. También se ve una pléyade de diplomáticos secretear con un buen café por medio con periodistas en lugares discretos como la sala Char Chata.</p>
<p>Hay clientes que deambulan por los pasillos como si el hotel Serena fuese una pasarela, que lo es. Los que se mueven disfrazados de exploradores africanos son por lo general miembros de los servicios privados de mercenarios, tan dados al gimnasio, el uniforme y la exhibición. Los diplomáticos, más si son ingleses, llevan un traje de color crema bastante arrugado. Cada arruga debe ser una conversación secreta mal planchada. Tener muchas arrugas en la ropa es un síntoma de saber escuchar, de paciencia política, más que de permanecer demasiadas horas sentado.</p>
<p>Los hoteles de lujo en zona de guerra son, por lo general, un objetivo militar. El Serena lo es. Hace diez días fue atacado sin graves consecuencias cuando dos cohetes impactaron contra el edifico. Debe ser el precio de cada una de las 177 habitaciones, el mármol del suelo o el vestido de algunos empleados sacados de alguna postal ismaelita, lo que empuja a sus clientes sentirse invulnerables.</p>
<p>También ayudan bastante los controles de seguridad y todos esos guardas locales cuyo objetivo vital es cobrar en dólares. Los guardas van armados con unos vetustos Kalásnnikov y por el manejo que muestran del arma pueden ser más peligrosos que un comando dispuestos a llegar a paraíso en trozos, según les descompone la explosión y el fanatismo.</p>
<p>Como le sucediera al joven Ryszard Kapuscinski en Angola, tras la independencia de Portugal, la noticia bélica no está en el campo de batalla sino en los barcos fondeados en Luanda. Si aquellos buques permanecían atracados, no habría ataque. Si zarpaban para fondear algo más lejos, el peligro era inminente.</p>
<p>En Kabul no hay puerto ni mar, solo periodistas, espías, diplomáticos y políticos que se comportan como los barcos angoleños. A más periodistas, más guerra, más espectáculo pero menos noticias. Un sarcasmo que desfila con los tiempos de venta de humo al por mayor que nos tocó vivir.</p>
<p>Publicado en <a title="afganistán" href="http://www.elpais.com/articulo/internacional/frente/huele/estrellas/elpepuint/20091111elpepuint_5/Tes" target="_blank">Cuadernos de Kabul</a>, publicados en la <em>web</em> de <em>El País</em>.</p>
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		<title>Cuadernos de Kabul: un herrero en el mercado de los pájaros</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Nov 2009 06:03:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Más que herrero parece un preso, un émulo crecido del niño del pijama de rayas.  Lo suyo no es el nazismo y los campos de exterminio, sino el destajo y la muerte lenta entre vapores insanos, martillazos y calor. Makus tiene 20 años y jamás ha ido a la escuela. Es analfabeto como el 50% de los hombres afganos. Su sentir y opinar depende de una caja que algunos llaman tonta pero que está en manos de gente demasiado lista. Cada día se sienta en un cojín ennegrecido sobre suelo de piedra de la tienda de su tío y ayudado de su hermano Wahib, de 18, y Mastum, de 12, mueve y golpea barras de hierro incandescentes hasta darles la forma de tijeras y cuchillos.</p>
<p>El pequeño Mastum es él único que desafía la tradición de una familia de herreros y acude a la escuela antes de deslomarse junto a sus hermanos. Como la mayoría de los niños de su edad aspira a ser médico debido una serie india que hace furor entre la audiencia, pero cuando llega a casa está tan cansado que apenas tiene fuerza y ganas de ocio y menos aún de estudio. Mastum dice que su asignatura favorita es el dari, el idioma nacional. El tío, dueño del negocio, que apenas habla y da la escalda al extranjero, exclama: “Porque es lo más fácil”.</p>
<p>Makus y Wahib trabajan desde las siete de la mañana hasta las cinco de tarde martilleando el hierro fundido. Las tijeras grandes se venden a 800 afganis, unos 16 dólares. En cada jornada fabrican dos pero no hay mucha gente en el mercado de los pájaros, donde tienen su cubículo de dos  por dos metros, que más parece una celda que tienda, con dinero sobrante como para pagar estas millonadas.</p>
<p>Las tijeras medianas las venden a 150 afganis, tres dólares, y fabrican cinco cada jornada. Lo mismo que los cuchillos: cinco diarios a 150 afganis la unidad. Es la producción que generan los brazos de Makus y Wahib y su renuncia forzada a aprender. De ellos vive el tío que no dice su nombre y Masud, su padre, y el resto de los 10 miembros de la familia.</p>
<p>El mercado de los pájaros tiene un olor indefinido, entre vivos y muertos. Allí están las palomas y las codornices en sus jaulas con los ojos como platos. No hace falta tener mucho cerebro encima del pico para saber que si cada día le rompen el cuello a unas cuantas de tu especie y luego las desuellan y cuartean para que el cliente se lleve los restos y la sangre a casa es muy probable que, tarde o temprano, acabes en la misma situación. Lo jilgueros, periquitos y canarios tienen otra expresión, una halo de suficiencia de clase media, de nuevo rico, de saberse por encima de las palomas y codornices. Su deje en el canto y en el gorgorito no debe ser muy diferente al de los hombres con sus clases sociales. Los Makus y Wahib destinados al trabajo a destajo y el padre y el tío que juegan al capitalismo de andar por una tienda que parece una celda.</p>
<p>Las callejuelas del mercado de los pájaros son un ir y venir de hombres. Muy pocas mujeres y todas con burka. Cuando una occidental vestida de forma amplia para no dejar entrever forma alguna y un recatado hiyab en la cabeza aparece por ahí, los hombres babean cada uno de sus pasos como si la vieran desnuda. Hasta los pájaros que van a morir para convertirse en alimento de lujo parecen mudar el color de su mirada. Algunos de esos hombres boquitontos dicen frases en dari. No hace falta saber idiomas para comprender que son provocaciones e insultos. No es Afganistán, son los hombres machos los que así se comportan. Sucedía también en la España de Franco, que a veces se nos olvida qué somos y de dónde venimos.</p>
<p>Publicados en <a title="afganistán" href="http://www.elpais.com/articulo/internacional/herrero/mercado/pajaros/elpepuint/20091110elpepuint_4/Tes" target="_blank">Cuadernos de Kabul</a>, publicados en la <em>web</em> de <em>El País</em>.</p>
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		<title>Cuadernos de Kabul: cuando ser mujer es el problema</title>
		<link>http://www.ramonlobo.com/2009/11/09/cuadernos-de-kabul-cuando-ser-mujer-es-el-problema/</link>
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		<pubDate>Mon, 09 Nov 2009 00:54:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ser mujer es peligroso en Afganistán, sobre todo para aquellas jóvenes como Anese, de 25 años, que deciden escapar del burka de sus madres y abuelas y retarle a la tradición desde profesiones tan poco adecuadas como la de periodista de televisión. No es este un país para heroínas ni adelantadas a su época ni [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ser mujer es peligroso en Afganistán, sobre todo para aquellas jóvenes como Anese, de 25 años, que deciden escapar del burka de sus madres y abuelas y retarle a la tradición desde profesiones tan poco <em>adecuadas</em> como la de periodista de televisión. No es este un país para heroínas ni adelantadas a su época ni para aquellos que discuten la inmovilidad de tanta grisura e injusticia.</p>
<p>Trabaja desde hace un año en Tolo, la cadena más popular del país. Allí son cinco las mujeres en un mundo de hombres. Tres presentan noticias y dos son reporteras. Anese pisa la calle cada día acompañada de un camarógrafo para filmar lo que es noticia. “Sólo me muevo por Kabul porque en las provincias es imposible. No podría salir con el micrófono. Nunca aparezco en la pantalla. Sólo pongo mi voz. A mi familia no le gusta que sea periodista. Mi padre es muy estricto y me prohibiría trabajar. Sentiría una gran vergüenza si todos me pudieran ver”.</p>
<p>Viste un chador negro y se cubre parte del cabello con un pañuelo verde. Tiene unas manos grandes que no se corresponden a la dulzura de sus facciones. Mientras responde a las preguntas juguetea con un bolígrafo y garabatea en una libreta de notas. Parecen su burladero. La entrevista se realiza casi en la clandestinidad, en los jardines de un hostal, lejos de las miradas curiosas.</p>
<p>“Cuando estoy en la calle grabando una entrevista los hombres me dicen cosas, algunas son insultos; otras, frases de mal gusto que no puedo repetir. (&#8230;) La situación de la mujer no ha mejorado, en las aldeas sufren malos tratos. Es una cuestión cultural: la mujer siempre ha sido un elemento secundario”.</p>
<p>En el autoescuela Usmani, cerca del teatro nacional de Kabul, son tan modernos que enseñan a conducir a las mujeres que lo desean y pagan por ello. No muchas se atreven a romper el tabú. El volante es cosa de tipos rudos que mascan palillos, se hurgan la nariz sin esperar al semáforo que nunca funciona y meten el capó porque cada cruce es un campo de batalla. En Uslami los machos peatonalizados no se conforman con su rol de mirones y  vagabundean por los alrededores para llamar putas a las aspirantes. Lo mismo le sucede a Anese en sus reportajes. Puta es toda aquella mujer que cree en la libertad.</p>
<p>Anese dice que es un trabajo duro y recuerda a las dos periodistas asesinadas, Zakia Zaki de Peace Radio y Shakiba Sanga Amaj, popular presentadora de televisión. &#8220;Siempre quise hacer este trabajo. Desde que tengo 12 años&#8221;. Pese a su coraje reconoce que si su padre le prohibiera seguir en televisión tendría que dejarlo. &#8220;Soy musulmana y debo obedecerle&#8221;. El padrem que mucho refunfuña hacia fuera, más para combatir el qué dirán, debe guardar en su interior algún sentimiento de satisfacción y orgullo por lo que hace su hija. Eso o quizá sean los 500 dólares que Anese gana al mes lo que ablanda la jerarquía de valores, que cuando más estrictos parecen los padres más histrionismo llevan encima.</p>
<p>Preguntada qué haría si su futuro marido le pidiera dejar el empleo, Anese sonríe desde un hilo de travesura: &#8220;Tendría que negociarlo con él antes y establecer las condiciones para evitar sorpresas, pero además de hacer televisión sé escribir y podría dar clases&#8221;.</p>
<p>Para las mujeres como ella, que escaparon del analfabetismo que lastra al 84% de las afganas, todo es diferente: saben que existe la posibilidad de elegir y eligen. &#8220;La educación es la única arma, un derecho esencial, pero sólo es posible ejercerlo cuando hay paz&#8221;.</p>
<p>Publicado en <a title="afganistán" href="http://www.elpais.com/articulo/internacional/ser/mujer/unico/problema/elpepuint/20091108elpepuint_7/Tes" target="_blank">Cuadernos de Kabul</a>, publicados en la <em>web</em> de <em>El País</em>.</p>
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