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Hoy me gustaría ser extranjero

Lo unánime no es lo verdadero. A veces lo unánime resulta vergonzoso, injusto. Nada es blanco o negro. Todo es complejo, pero en las prisas y en los prejuicios, en los linchamientos políticos, no hay tiempo para grises. Le sucede a los dos bandos.

Tal vez habrá sobrepasado sus funciones, los procedimientos, escuchado donde no debía… Baltasar Garzón ha acumulado una carrera de pisacallista, de tocahuevos, que ahora le pasa factura. Hace años se lo advirtieron a un amigo periodista: “No seas tan brillante, es peligroso”.

Garzón es un elefante, un iluso, un utópico. Me gustan las personas que estiran la ley para detener a un asesino de masas con uniforme de tirano banderas. Me gustan las personas que estiran la ley para dejar a los que matan con parabelum sin dinero para seguir matando. Me gustan las  personas que estiran la ley para buscar a los más de 100.000 desaparecidos, los esfumados, los escondidos, los nadie de Galeano que pueblan caminos y nuestra desverguenza colectiva.

No me gustan los que encogen la ley por miedo, por medrar, por el qué dirán.

Me gustan las personas como Gervasio Sánchez que no se muerden la lengua, que no miden si esto les beneficia o les perjudica, personas que denuncian, que molestan. Me gustan los que no son serviles, paniaguados, temerosos de dios o del diablo, o de su jefe. Me gusta la gente honrada, limpia. Los imprescindibles.

Le han condenado siete jueces unánimes por saltarse las reglas. Con otros suprimieron las pruebas obtenidas de manera ilegal; a este le suprimen la toga entera. Contentas deben andar las dos juezas socialistas que tanta inquina le guardaban, los mediocres que le envidiaban y los demócratas de las JONS que sobrevivieron mudandose de uniforme que no de ideas.

Le librarán de penarle con los presuntos delitos contra la ley de amnesia, daría mala imagen, y cargarán las escopetas en el tercer caso. El guión del ajuste de cuentas está cantado, pero esto no es prevaricación, solo justicia.

Hoy me gustaría ser extranjero, etéreo, otro. Hoy me gustaría ser conciencia, como Labordeta.

Personas iglú bajo una luna que decrece

Madrid, aire gélido, personas-iglú encogidas, envueltas en lanas y prendas. Luna llena que decrece. No hay invisibles, y si los hubiera no los veo. Los perros caminan al trote con una sonrisa en los labios; los gatos que cazan ratones no han salido de paseo, ven la televisión. Escucho música, La flauta mágica. Cuando me sumerjo en esta maravillosa ópera de Mózart sé que algo crece dentro de mí, algo bulle, quizá un manojo de palabras, quizá el resto de una novela dormida. Tengo que leer lo escrito en Roma, enfrentarme a la seguridad del desescanto. Primero, la sentencia: “¡Vaya mierda!”; después, un lento enamoramiento: “Pues no está tan mal; habrá que trabajarlo”. Es un proceso. Cuando la historia se pone en pie y te habita, te gobierna, te hace soñar, dormido y despierto, escribir es un trabajo de copista; la imaginación dicta, tú escribes. Me encanta navegar en un mundo creado por uno mismo, huido de este otro sucio y previsible, corrupto e injusto. Hay un tiempo para gritar y un tiempo para gritar más fuerte. Este es el tiempo, este es el momento.

Un hombre se levantó y dijo: “Hablar del Holocausto es reabrir las heridas de Alemania y además no fueron tantos como se dice”. Otro, no lejos, añadió: “Lo de Sadam Husein no fue una dictadura, fue un Gobierno autoritario; Irak necesita un hombre fuerte”. Un tercero, afirmó: “Buscar desaparecidos en Guatemala es tirar el dinero con la crisis que tenemos”. Un cuarto tomó el micrófono: “Es posible que Stalin matara a algunas personas, pero los otros también”.

Ningún demócrata, de derechas o de izquierdas, toleraría este tipo de comentarios sin responder. ¿Por qué en España callan?

Aquí no solo se perdió una guerra civil, se perdió todo el siglo XIX. La democracia no amnistío, se amnesió y renunció a escribir una historia común sin vencedores ni vencidos. Pinochet murió en la cama sin condena alguna, pero gracias a Baltasar Garzón y a otras personas, el dictador perdió el sitio que se había reservado en la Historia de Chile para acabar en el que se merece, en la de la infamia. En España hay más desaparecidos que Chile, Argentina, Brasil y Paraguay juntos. ¿No son suficientes 100.000?

Aquí la derecha no llama dictador a Franco ni condena sus crímenes ni ayuda a buscar a sus víctimas. En España se persigue al juez que quiso saber. Una democracia sin justicia es un sistema amputado, impostor. Gracias al juez juzgado, el Supremo que le persigue con tanta saña tiene que escuchar cada día los testimonios de hijos de desaparecidos. No es justicia, solo un paso, que las voces impregnen paredes y togas para que nadie, ni los desmemoriados, ni los hijos de los otros, olviden. Recordar es la garantía, es el futuro.

Caen congeladores sobre Madrid

Vengo seco, helado, siberiado, con la garganta quejosa, cansada. Hablé esta tarde y hablé demasiado, como siempre, quizá disperso. Por la mañana estuve dos horas con jóvenes, casi niños. Dos clases juntas. No sé qué efecto producen las palabras flotantes cuando se depositan en personas que no las esperan, personas distraídas, con la guardia baja. Libero palabras viajeras y viajadas, emociones de ida y vuelta, las que me salen de dentro y las que regresaron recargadas.

Cuando escribes no sabes quién lee, si es que alguien lee; no ves la cara, su expresión, los ojos, la sorpresa, la indiferencia. No escuchas su voz. Cuando das una charla tienes la respuesta inmediata: el lenguaje corporal, los gestos, el bostezo, la sonrisa. Esta tarde se levantó un hombre nada más empezar y se marchó con paso firme, demasiado firme, parecía airado, molesto; quizá iba a otra charla, quizá no iba a ninguna. “Libertad de expresión”, exclamé.

Los más resistieron. Gracias. Había universitarios sin esperanza, temerosos; personas asentadas, creciendo. Traté de ser optimista porque lo soy. Me niego a la melaconlía aunque me invada cuado escribo. Escribir es mostrarse, dolerse.

Creo que está En España la cantante portuguesa Lula Pena, mi favorita desde hace años. Me gustaría oler su música. Su canto está preñado de saudades, pero tiene luz, camino. Me gustan sus argonautas, parecen marinos, ecos, olas. Es jueves, casi viernes, caen congeladores en la calle. Echo de menos el miércoles; no por nada, solo porque parecía primavera. Buen fin de semana,

Caminando sobre piedras

Camino sobre una bola de piedra que gira sobre sí misma; no avanzo, apenas me muevo. Aunque creo la ilusión del movimiento utópico en mis piernas mi cabeza conoce la verdad, la trampa. Los cuerpos que se disocian generan quejidos, nudos, dolores de espalda. Escribo en una cocina prestada frente a una pared de azulejos añiles y crema. Parecen un cuadro, una tercera Gioconda. Dentro de cada uno vive una hormiga encaramada a una grava minúscula. Las hormigas pedalean en una quietud de muerto. Es el siglo XXI que no corre, se despeña.

Vivo en un mundo construido sobre una roca. Dentro de ese mundo hay millones de personas que ni siquiera tienen piedra, ni agua potable, ni luz, ni motivos para engañarse. Son espectros, respiran invisibles. A ambos nos rodea un mundo superpuesto, celestial, de caballeros autosuficientes armados con tijeras, mazos y picos. Los que nos amenazan no caminan, viajan en coche oficial, mandan.

Aparco rebelde mi piedra en zona prohibida. Dejo las llaves puestas para me la roben, para que se la lleve la grúa. Carece de matrícula, de dueño. Estoy a salvo.

La democracia es un invento disociado. Cuando la democracia padece dos discursos simultáneos y opuestos se multiplica la sordera colectiva. Ahora, con la crisis y los recortes ha desparecido el segundo blablablá; queda Orwell, 1984. Cuando sales a la calle para gritar rabia, el grito regresa con un esparadrapo en la boca. Hoy pasé bajo un balcón en el que colgaban dos sábanas con eslóganes de segunda mano, que hasta la rebelión se repite, como los políticos.

Recordé a Eduardo Galeano, a sus palabras andantes; en ellas recogía un lema majestuoso, inteligente, fresco, escrito sobre una pared de Medelllín: “Proletarios del mundo, uníos (último aviso)“. Subo la música. Es Aute, más viejo, más vivo. Quiéreme aunque sea de verdad.

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